Cintia Quilliconi. A medida que el orden internacional liberal pierde cohesión, los países de América Latina y el Caribe se enfrentan, una vez más, al desafío y a la oportunidad de redefinir su lugar en la arquitectura cambiante de la gobernanza global. La expansión del grupo BRICS hacia un formato ampliado (BRICS+), junto con la creciente proyección del Nuevo Banco de Desarrollo (NDB), abre una nueva ventana para que América Latina diversifique sus alianzas internacionales, acceda a mecanismos de financiamiento fuera de las condicionalidades tradicionales y recupere márgenes de maniobra en un mundo crecientemente multipolar. Pero este acercamiento no es lineal: lo que emerge es una estrategia pragmática de hedging, la búsqueda de equilibrios frente a poderes en competencia. Los recientes movimientos de países como Bolivia, Cuba, Colombia y Uruguay reflejan esta lógica. En el caso colombiano, el presidente Gustavo Petro ha intentado equilibrar el acercamiento a China con los vínculos con Estados Unidos. El hedging ofrece flexibilidad pero no está exento de riesgos: que BRICS+ incluya a Rusia, China e Irán incrementa la probabilidad de que la participación sea percibida desde Washington como alineamiento. El caso de Panamá es paradigmático: su dependencia estratégica de Estados Unidos en seguridad y finanzas restringió su margen de maniobra. Conclusión: diversificación estratégica, no sustitución geopolítica, en la disputa China-Estados Unidos.